Sábado 21 Octubre 2017

Homo Deus

  • Martes, 21 Febrero 2017 16:53

El que piense que la naturaleza es buena que vaya y mire nada más como se devoran entre sí  todos los animales; como el pez grande se devora al chico y como el fuerte destroza al  débil. Pero sucedió que un día, un simio adelantado dio un salto

cualitativo y descubrió la manera de devorarlos a todos sin ningún límite (un pez no come rinoceronte, un caballo no come patos). Así es como desde ese instante el ser humano se los devora a todos. Y con ese brinco cualitativo fruto de la revolución cognitiva, afinó los métodos de la caza y la guerra y se convirtió en el amo del mundo. Luego vino la revolución agrícola, las grandes religiones, los imperios, la política, la filosofía pero, el ser humano seguía siendo víctima del hambre, la peste, las enfermedades “naturales” y la guerra. Hasta que hace 500 años cansados de aceptar este destino el ser humano se arriesgó a “estudiar” la naturaleza para torcerle el cuello y se inventó la ciencia. A mediados del siglo XX –es la tesis comprobada por Harari– el ser humano dominó tres de esos problemas, al punto de que hoy no hay ese tipo de pestes o su impacto es mínimo. Se muere más gente de obesidad que de hambre y más de diabetes que de guerra. “El azúcar es ahora más peligroso que la pólvora”, dice el autor de referencia. 

Mi conclusión es que cambiaron las enfermedades, las inventó la misma ciencia, la industria o el capitalismo. Bueno y… ¿esto debido a qué? Al desarrollo descontrolado del conocimiento. Gracias al conocimiento, a la ciencia y a la tecnología, no sólo derrotamos estas tres calamidades (que nos perseguían hace más de cuatro millones de años) sino que no contentos con esto –porque el ser humano nunca está contento– vamos por la solución de los otros tres retos de mayor calado: la inmortalidad, la felicidad y la divinidad. Destronado Dios de la sociedad humana, vamos por la inmortalidad. ¿Cómo así que una persona con mucho dinero y poder no le va a pagar a los científicos para que le prolonguen la vida y no se tenga que morir tan rápido como cualquier pobretón? La idea y práctica es regenerar órganos y tejidos, invertir en genética y nanotecnología porque ese potentado no acepta la muerte ni la vejez y querrá seguir disfrutando de los placeres mundanos por lo menos hasta los 140 años.

La segunda, la felicidad, es la religión de toda la humanidad. Todo el tiempo nos están vendiendo la idea de que hay que ser más felices, que realmente ese es el sentido de la vida y entonces que compre,  viaje y alardee, se muestre en una selfie y se vea tan lindo que quedó. Y ni un minuto de dolor, malestar, incomodidad o tedio. No señor, todo el tiempo sintiendo sensaciones placenteras. 

Y por supuesto la inmortalidad. Ahhh… desde que el hombre es hombre ha soñado con eso.  Desde que la mente y el lenguaje pudo hacer soñar, crear, inventar, al hombre le ha fascinado ser todopoderoso, ser más, ser dios, por eso se inventó a los dioses y a Dios. Un reflejo de su deseo.  

Bueno, a esta inmortalidad le tenemos tres opciones: la ingeniería biológica, la ingeniería ciborg y terminator. El primero te regenerará todo lo que se te dañe, el segundo te repondrá con un aparato mecánico y el tercero, es inteligencia artificial: terminator. Claro, esto no es para todo el mundo. Sólo para los que tienen el dinero. Pero, acaso… ¿siempre no ha sido así? Obviamente, esto funciona exceptuando catástrofes naturales, aviones que se caen, accidentes, atentados o un balazo en la nuca. Como siempre sólo los ricos tendrán acceso a las comodidades de la ciencia o ¿acaso alguien de Prepagada, EPS o Sisben puede volar rápido a España o EEUU como lo hicieron Vargas Lleras y Santos últimamente a sus respectivos chequeos y tratamientos?

Bueno, sólo les he contado lo que Harari cuenta en las primeras 83 páginas de su nuevo libro. El piensa que el humanismo, la religión actual, hace culto a la felicidad, la inmortalidad y la divinidad, y que la ciencia trabaja para ello pero también puede contener la semilla de su caída. 

A leer pues Homo Deus, para seguirnos asombrándonos de nosotros mismos.

Por Fernando Duque

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