Sábado 21 Octubre 2017

Soffy en su casa. “Me inventaron un romance con Obregón”

  • Martes, 21 Febrero 2017 14:39

Tiene en su haber parte de la historia del arte colombiano; Negret, Obregón, Botero, Grau, fueron sus amigos. Cofundadora de La Tertulia, fue también concejal de Cali. No requiere títulos de nobleza; los exhibe, naturalmente.

Cuando tengo la oportunidad de saludar a Soffy Arboleda de Vega, la llamo simplemente “marquesa”, marquesa del Cauca, y ella con humor responde siempre: “Al menos…”

La verdad es que su vida entera es un dechado de nobleza natural, la misma que muy temprano la puso al lado del arte, de la alta cultura, de la música, la que la llevó a París y Boston en busca de conocimiento, el mismo que exhibe con sencillez, ella que es testigo de la formación de Colombia desde las expresiones más bellas del espíritu.

Esmeralda, Pubenza, Fabiola, Violeta, Mireya y Soffy, fueron las hijas de Fernando Arboleda López, de Popayán, y Rosa Cadavid Medina, antioqueña. Las hermanas Arboleda nacieron en Palmira. “Mi padre era muy culto, muy leído, fue en dos o tres ocasiones alcalde de Palmira; se preocupó muchísimo por nuestra educación y la de mamá. Tuvimos la fortuna que él también la educó a ella;  mamá sólo hizo hasta quinto de primaria, pero papá la educó con sus libros; no he conocido una mujer más inteligente que ella”, anota.

De sus antepasados aristocráticos en Popayán, dice que “sabe más Pubenza, mi hermana que es genealogista; a mí nunca me ha preocupado eso”. Pero sabemos que en sus ancestros está Julio Arboleda, el Poeta Soldado, quien fuera presidente de la Confederación Granadina que agrupaba a Colombia y Panamá, en 1861,el Sabio Francisco José de Caldas y Enrique José O´Donnell, Conde de La Visbal. Afirma que pertenece a los “Arboledas narizones”. Vive en Cali en una casa que es al tiempo memoria viva de la cultura colombiana, museo, escuela.

Exalumna del Liceo Benalcázar, a través de diálogos breves, su interlocutor se adentra en las razones del arte religioso y colonial; con ella, es posible saber que San Lorenzo fue literalmente asado en una parrilla, cuando terció en el debate acerca de si en la hostia consagrada estaba o no el cuerpo de Cristo; o identificar a los mártires de la Iglesia por la palma que llevan en la mano, símbolo de sus quebrantos en pos de la fe.

Casada con Alfredo Vega Córdoba, es la madre de Paula y Lorenzo, ya fallecido. Paula es historiadora de Arte y arqueóloga. Estudió durante 17 años en París. Soffy piensa que la ciudad del mundo que más ama es París; por ello la visita a menudo, porque fue ahí donde pasó muchos años de su juventud, donde aprendió a mirar y valorar el arte, con excelentes profesores en el Conservatorio Nacional, y el lugar que le permitió, al volver, reconocer a los más destacados artistas plásticos de nuestra nación.

En compañía de Maritza Uribe de Urdinola, fundó, con otros vallecaucanos amigos del arte y la cultura, el Museo de Arte Moderno La Tertulia, donde dictó clases magistrales a quien quisiera acercarse al arte universal y nacional.

Fue también una de las primeras vallecaucanas que descubrió el paraíso de Bocagrande, frente a Tumaco. Añora todavía la casa que tuvo ahí, vecina de la de Marta Hoyos, la de Maritza, Leonor Campo. Hasta ahí iba el pintor y escultor Hernando Tejada, en plan de vacaciones, y de ahí extrajo buena parte de su inspiración para crear su serie de “manglares”, además de una colección de estampas maravillosas donde es posible apreciar la vida cotidiana de los tumaqueños, las tiendas, sus personajes.

Hoy, un manglar mira a uno de los espacios más gratos de la casa de Soffy, frente al espacio verde que se abre a la vista con árboles  donde serpentea la vainilla y la luz se hace loros, raíces marinas, fronda de los esteros. Como un recuerdo perenne de Tejadita, permanece también aquí un vitral magnifico, junto al patio, en el mismo que tiene en su centro una rosa. Fue un regalo del artista, a Rosa, su madre.

Soffy explica por qué la estrella de ocho puntas aparece en muchas de las culturas del mundo en su colección de precolombinos que abarca por igual la cultura Tumaco y las muestras de arte del Alto Perú. 

Su visión artística  fue tenida en cuenta en Cali y Colombia, y por ello toda una generación de creadores honraron su amistad. Edgar Negret, Alejandro Obregón, Botero, Ramírez Villamizar, Débora Arango. A Luis Caballero como a Darío Morales, los conoció en París.

Soffy quiso ser violinista y algunos juzgaron bien su talento, pero ella decidió que “no era los suficientemente buena” y abandonó el instrumento hasta hoy, el mismo que conserva junto a un violoncello. 

A su colección de incensarios y de tallas quiteñas, inició ahora una de báculos. La foto de sus hermanas parece recordarle esos tiempos en que los querubines revoloteaban junto a ellas tocando sus arpas. 

Su madre Rosa rompió paradigmas en una época en que las mujeres no desafiaban los marcos sociales impuestos. Pidió al rector del Colegio Cárdenas de Palmira matricular a sus hijas ahí, y este le expresó que el plantel era masculino. “Cómo se ve que usted no ha leído los estatutos de este colegio”, le dijo, y acto seguido se los recitó. El rector debió aceptar a las Arboledas, por primera vez, un hecho que no fue bien visto por la curia de Palmira.  En varias ocasiones el sacerdote se negó a darle la comunión a Rosa, por este motivo, hasta que un grupo de amigas debió interceder para cambiar este comportamiento.

Santos a los que les falta un ojo, Cristos sin brazos, arcángeles que tienen el brillo opaco del tiempo, como salidos del bostezo ahumado de templos ignotos, pueblan su casa. También, ahí, en un rincón, las alas solitarias de un ángel, algo que Soffy llama “El monumento al necio”. Un venezolano que vino a comprar arte religioso en Colombia, debía embalar un ángel, talla quiteña, pero las alas no entraban en la caja que mandó diseñar, y ordenó cortar las alas, las mismas que Soffy se apresuró a comprar pues el hecho le pareció de un absurdo que todavía la sorprende.

“Me inventaron un romance con Alejandro Obregón”, recuerda ahora, y admite que en varias ocasiones el pintor cartagenero, que era gran conquistador, le arrastró el ala, pero Soffy lo convenció que eso era “tirarse una amistad”. Con Obregón cocinaban, bromeaban, llevaban una camaradería que se hubiera estropeado con cualquier atisbo romántico.

Los espacios de su casa están diseñados para el gozo de los sentidos. Un pequeño balcón mira hacia el verde que la acompaña, y en la breve terraza siembra lo que puede necesitar en la cocina: albahaca, menta, estragón, eneldo, orégano.

Más allá, la biblioteca, envidiable, donde cabe la historia de la plástica, de las bellas artes en Colombia. 

Viajó a Nueva York sólo para conseguir en una subasta de Sotheby´s el cuadro “Naufragio” de Obregón, uno de sus más celebrados, en el que un toro parece ver la derrota de una marisma en el Caribe. Grau pintó a Soffy, pensando en Piero de La Francesca; el pintor cartagenero le hizo múltiples homenajes. Ella no se repone aún del robo de más de 40 obras de su colección. Piensa, desde ahora, que su casa será un legado para la Universidad del Valle, la institución que ama entrañablemente.

Muchos la reconocen hoy por su columna de EL PAIS, donde ejerce como papisa en asuntos gastronómicos, pero desconocen a la crítica de arte, a la mujer valiente que fue a un conservatorio en Nueva Inglaterra, cuando tenía aún sus dos hijos pequeños, porque entendió que era el momento de alcanzar una Maestría, de sumar más conocimiento a su vida.

Hoy, no desprecia ningún ágape, sarao o cóctel; Soffy participa con la alegría y humor que la caracterizan, igual en la cena de fin de año del Marriot, a la que invita Juan Carlos Uribe, o al Festival Gastronómico de Popayán, al que sólo ha faltado en una ocasión.

Una vallecaucana a la que la ciudad y la región mucho le deben; continua airosa, plena de vida, genuina en su natural discreción, en su elegancia que llena salones con su presencia.

“Sigo creyendo que Paris es la ciudad más importante del mundo”.dice. 

Por Medardo Arias Satizabal

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