Sábado 20 Julio 2019

Nuestro Cali diario

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Cuando me invitó Mario Fernando Prado a escribir una nota para esta revista, cada vez más floreciente, me sentí obligado a darme un vueltón -es decir, un roce, un borondo- por nuestro entorno. Algo liviano, sin estadísticas ni economías ni industrias ni comercios. El Cali que respiramos todos los días en estos 564 kilómetros cuadrados que disfrutan de un clima delicioso a 1.000 metros sobre el nivel del mar -antes era de 25 grados promedio pero hoy El Niño nos cocina a 30 grados y más-. Al mirar a los lados, desde el monumento de Cristo Rey que nos abraza a todos, encuentro que Cali es loma -Cali no es Cali y lo demás es loma-. Apenas lógico en un Valle arropado por dos cordilleras que nos ofrecen paisaje y brisa sin par.

Somos viejos: nacimos el 25 de julio de 1536, acabamos de cumplir 478 años. Somos muchos: sobrepasamos ya las 2.300.000 almas. Somos pluriétnicos: aquí hay de todo, hasta caleños. Pero somos, ante todo, festivos, hospitalarios, no tenemos puertas.

Dicen que Cali huele a caña, sabe a salsa, es toda verde y tiene paisajes hasta de noche.

Hemos sofisticado la gastronomía pero comemos sancocho, arroz atollado, sopa de tortillas, pollo en su salsa, patacones y tostadas de plátano con hogao o guiso, tamales, marranitas y pasamos estas delicias con manjar blanco, melao con queso, gelatina, cocadas, champús y lulada. Pero como somos tan diversos, no nos faltan la arepa, los fríjoles, el chicharrón, los chorizos, las empanadas, la lechona y los soberbios manjares del Pacífico.

Nos dimos un nombre angelical: la sucursal del cielo. Nos autodenominamos la capital deportiva de Colombia. Somos la capital mundial de la salsa, la rumba y el sabor, con más de cien escuelas del ritmo. Los pies de las muchachas no caminan, bailan, desfilan y exhiben su belleza proverbial. Trabajadores sí los caleños, pero siempre con toques lúdicos, hedonistas, deportivos.

Tenemos a 120 kilómetros y a dos horas en carro la mayor piscina del mundo: el Océano Pacífico. Y el primer puerto de Colombia, Buenaventura al que debemos salvar de la violencia y el terror, la oscuridad y la corrupción. Tenemos que hacer compatibles el exuberante puerto marítimo con la ciudad en la miseria. El aeropuerto Bonilla Aragón Palmaseca, que pronto será espléndido, es el segundo en pasajeros y el cuarto en carga, a 12 minutos del Paso del Comercio.

Desde el 2008 nos embarcamos en el MÍO cuyo sistema cambió el panorama general: cogimos cara de ciudad y no lo podemos dejar languidecer. Hoy disfrutamos de un magnífico gobierno local que nos sacó de más de una década de pesadilla. Ojalá sigamos la actual hoja de ruta para no volver a las viejas y oscuras andadas.

Aunque hoy todo está seco, somos la ciudad de las aguas y los ríos. Tenemos que volver por sus fueros.

Repasé el sector educativo especialmente en el sur, con sus colegios y universidades de mostrar. Volví a mirar nuestro entorno cultural, el de La Tertulia, el de Proartes, el del Museo del Oro. Y disfruté el Centro Histórico con su preciosa Plaza de Cayzedo -por desgracia, salpicados sus alrededores de incontroladas ventas ambulantes-, el Palacio Nacional, la Catedral, la agrupación de la Plazoleta de San Francisco con la Gobernación y sus preciosas iglesias, el complejo religioso de La Merced -su convento, la edificación más antigua de Cali y la iglesia más antigua de la ciudad- y el teatro neoclásico Jorge Isaacs.

Y pasé de nuevo por Cristo Rey, por el Zoológico, por la Ermita, por el Boulevar del río y su túnel con carácter, por la estatua de Belalcázar, por las tres toneladas del Gato de Tejada y su cortejo de 15 preciosas gaticas. Y volví a encontrarme con la Cali que permite, desde Pance, disfrutar de la majestad de nuestros Farallones. Y podría seguir indefinidamente, si el espacio de esta revista no tuviera fin. Por eso hasta aquí llego, con mi encendido amor por este que tiene que volver a ser el mejor vividero de Colombia. Amén

Por: Carlos Mejía Gómez

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