Jueves 17 Octubre 2019

El Diamante Hope

  • %25 25UTC %041 25UTC %2014

 

Muchos años atrás leí en la Gaceta literaria de El País una crónica hermosa, escrita por un hombre que yo adolescente admiraba por ser un gran abogado y un humanista de vastos conocimientos. Era el doctor Jorge Enrique Velasco y la crónica versaba sobre el diamante Hope, hermosa gema de un azul marino intenso, cuyo descubrimiento había tenido lugar en tierras misteriosas de la India, en un río llamado Kistnsi.

Luego ocurrió su robo sacrílego por un sacerdote budista que lo tomó de la imagen de la diosa Sita -la virtud encarnada- a la que habían decorado con la piedra. El monje huyó con la joya y en la avaricia de lograr una gran riqueza, fue despojado de ella y torturado hasta morir. Se dijo entonces que sobre la piedra había recaído una maldición implacable de la diosa, que siguió la huella de todos los que la poseyeron, hasta caer en el blanco cuello de María Antonieta, la austríaca reina francesa, quien lo había lucido en su radiante belleza y que luego, en la confusión revolucionaria, el trágico diamante se esfumó.

La historia fue larga hasta que el diamante, decía el doctor Velasco, había naufragado tal como se ve en la película  Titanic, en las heladas aguas del Atlántico Norte, la noche que un iceberg gigantesco decretó el naufragio de aquel coloso en su viaje inaugural, que se hundió en las abisales profundidades del reino de Poseidón.

Años después y para mi asombro, en una visita al fascinante museo Smithsoniano de Washington, encontré en una vitrina muy destacada, un diamante increíblemente azul de destellos y fulguraciones más allá de la imaginación, engastado en una preciosa joya de oro blanco con incrustaciones de otros diamantes y un tamaño fabuloso de más de diez centímetros. En la vitrina una placa decía: DIAMANTE HOPE.

Mi sorpresa fue enorme. Porque, ¿en qué quedaban la historia del doctor Velasco y de la película? Investigué leyendo todo lo que encontré durante varios años. Supe así que el antecedente conocido es que la joya llegó a París en época de Luís XIV, quien la lució. Que después de la Revolución fue adquirida por un príncipe ruso, Ivan Kanitoisky, quien la regaló a una amante a la que un corto tiempo después daría muerte de un disparo y él mismo recibiría otro. Entonces a la gema se la conocía solo como el Diamante Azul.

La piedra siguió su tortuoso camino y todo aquel que la adquiría debía soportar el infortunio.

Un día de comienzos del siglo XIX la adquirió un banquero irlandés de nombre Henry Thomas Hope quien la matriculó a su nombre con su apellido, siendo objeto de desgracias como la ruina de su familia.

Se cuenta que luego la adquirió un multimillonario americano de nombre Ned Mclean, quien habría de morir loco en un sanatorio después de padecer el fallecimiento trágico de sus dos hijos y que su nieta, Evelin Walsh Mclean, heredera de la joya, moriría asesinada a los veinticinco años. Finalmente otro norteamericano de nombre Henry Wiston, la compró en 1958 y la legó al Smithsonian Institut. Ese es el diamante que allí vemos.

Pero se ha sabido últimamente que hubo un modelo de plomo del diamante –cosa que acostumbraban con las gemas para identificarlas- y que ese modelo podía corresponder al Diamante Azul, que fue el que seguramente se hundió con el Titanic y el cual acusaba marcadas diferencias con el Hope.

Así pues, el misterio del diamante sagrado continúa. Aunque hay un hecho que hoy resulta indiscutible: que quizás sea el reposo en la vitrina del museo del Diamante Hope o el Azul, lo que ha logrado el prodigio de que la implacable y furiosa maldición de Sita se haya diluido entre las brumas del tiempo y que ahora sea incluso inspirador de una gran paz interior.

Por: Armando Barona Mesa

Inicia sesión para enviar comentarios o comenta con tu cuenta de facebook:

Próximos Eventos

No se han encontrado eventos

Revista Impresa

Ultima Edición: Revista No. 43

Abril - Junio

Ver Todas