Jueves 17 Octubre 2019

¡Odio el Júlbol!

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Si. Ya se que me va tocar irme a la punta de un cuerno y que con esta nota voy a ganar más enemigos de los que he ido atesorando por decir lo que siento y lo que pienso. Pero es que no me soporto el fútbol. Lo detesto. Lo aborrezco. Me mama. Me emberraca.

Confieso que nunca jamás he ido a un partido de ese juego que se hace con las patas y que no iré a un estadio a ver fútbol en el resto de mis días.

Tal animadversión me viene desde niño cuando siendo aún un parvulillo iba a la finca de unos primos a aburrirme porque todo el día se la pasaban jugando lo que llamaban el “júlbol” y se revolcaban detrás de un balón mientras yo lucía mis mejores galas domingueras. Para ellos, el que no jugaba “júlbol” era un “mariquita” porque yo prefería leer las enciclopedias en estricto orden alfabético cuando no escuchar canciones y sacarlas al piano.

Posteriormente mis sobrinos se aficionaron tanto al “júlbol” ese, que cuando perdía el América había catástrofe familiar y no pasaban bocado. Incluso Juan Pablo, hoy manejando un taxi en Nueva York, hacia promesas a la Virgen de Fátima y más de una vez lo vi subiendo de rodillas hasta iglesia de su mismo nombre a tempranas horas  de la madrugada.

Pero lo peor y para mi desgracia es que descubrí que mi hijo mayor también se aficionó al “júlbol” y en una ocasión que llegué a mi casa lo encontré fúrico y desencajado. Aterrado por su actitud le pregunté que le sucedía y nada me contestó hasta que la fiel Elosia (q.e.p.d) me confesó que estaba así porque había perdido el América. Ello me dio motivo para escribir una columna memorable que intitule “Siquiera perdió el América” y por la cual por poco me linchan.

O sea que mi bronca por este deporte no es gratuita y me asisten motivos poderosos para rechazar el “júlbol”. Además y para colmo de males, se traquetizó y se violentizó de tal manera que la mafia se apoderó de la mayoría de los equipos y con esa plata maldita se compraban (¿y se compran?) jugadores, partidos y campeonatos, amén de haber convertido sus arcas en corrompidos lavaderos de dinero sin control alguno del Estado que no pocas veces ha cohonestado con sus cuadros directivos. Eso sin contar los héroes de barro hechos a las patadas. ¡Qué horror!

Pero hay más: el tal “júlbol” se convirtió en el escenario de una violencia demencial, en un foco de agresividad y en un semillero de muertes y de heridos, de destrozos y de garroteras, al punto que hay que destacar no se cuántos miles de policías para vigilar las entradas, los partidos y  las salidas de los estadios ante la barbarie de una afición enloquecida .

Si creen que exagero intenten pasar por lo lados del Pascual Guerrero antes de un partido y verán como les quiebran los vidrios  de los carros y les chantajean exigiéndoles dinero porque sino les dan chumbimba.

Y después nos quejamos de la violencia del espectáculo taurino. Más de una vez he sostenido que al menos en las plazas de toros se sabe quien va a ser el muerto. Pero en los estadios los muertos suelen ser muchos como ya ha sucedido y uno de ellos puede ser usted .

Ese desencaje, esa gritería, esas mentadas de madre altisonantes y esos locutores berreando a punto de la histeria, francamente me exasperan.

O sea que me reafirmo en mi odio el “júlbol” y me tendré que dopar estos días o irme al Artico, a la pe-eme, o repito, a la punta de un cuerno.

Por: Mario Fernando Prado

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