Viernes 19 Abril 2019

Evocación de lo que fue el paisaje Los samanes también lloran

  • Martes, 20 Diciembre 2016 23:40

Samanea samán, árbol de la lluvia, campano, cenízaro, cenicero, es una especie botánica de árbol de hasta 20 metros, con un dosel alto y ancho de grandes y simétricas coronas. Pertenece a la familia de las fabáceas. Los frutos son legumbres o vainas. Es una especie nativa de la zona intertropical americana del sur de México hasta Perú y Brasil.

Yo no quiero olvidarme de tus hojas bipinadas y perennes
De tus troncos leñosos, cortos y gruesos
De tu corteza gris oscura y arrugada
De tus flores de color rosado, vistosas de largos estambres
De tus vientos hacia lo absoluto
De tu olor conservando jarrones
Porque nunca quiero olvidarte.

Como era el Valle del Cauca antes de que los buldóceres amarillos de cadenas y carriles llegaran en flamantes cama bajas escoltadas por grúas, tractores, motosierras, camiones y licencias ambientales aprobadas para destruir toda la cultura de los viejos y nuevos samanes.

Como era el Valle del Cauca atiborrado de samanes en el campo y en el corazón de las plazas de los pueblos donde la gente llega a cantar sus himnos donde bulle la plegaria del campo, la oración de los pueblos, el matinal arrullo de los nidos, la blanca sinfonía de las aguas, los gritos de los hombres, el canto de la orgíaia, el insecto sonoro, los loros, guacamayas, tominejos, palomas, colibríes, ardillas y garzas que buscan su refugio y descuelgan en vuelos con radar. Todo eso agita en la revuelta atmósfera y lo captan las hojas de los samanes.

Si en los humanos las lágrimas emocionales pueden acompañarse de enrojecimiento de la cara y sollozos simulando tos, respiración convulsiva, a veces como espasmos de la parte superior del cuerpo entero, en los samanes lloran sus hojas, sus troncos lagrimean y sus raíces sufren contracciones bruscas. En ellos la muerte tiene pulmones que crujen, chirrean, rasgan; es el color de su presencia, vuelta flecos de amor sobre sus troncos y traspasada por túneles profundos. 

La cola de la muerte de los samanes se arrastra desde Jamundí hasta Cartago, y desde Buenaventura, desde el mar, hasta Caicedonia, hasta el río Barragán donde recoge fincas de fingidos matices, indaga zaguanes. La muerte de los samanes en el Valle es casi la piel acostumbrada y el árbol derribado que mezcla nuestra savia y  no tenemos oídos que escuchan roer con insistencia el corazón del árbol de la lluvia, el llanto que suplica perdón o indulto. El dolor es el alma de las cosas y más si son efímeras y bellas; quizá por ello nos parecen tanto más tristes cuanto más hermosos.

Estoy triste de amor, lívido, inerte, desnudo ante el azote torturante cotidiano de salvajes; tiranos hay en la tierra, enojo, sufrimiento, luto o dolor físico. Llorar o sollozar como aquel 14 de agosto de 1989 cuando el samán de la Plaza de Guacarí crujió y se partió en dos. Su tronco se levantaba desde la mitad del Parque José Manuel Saavedra Galindo y desde ahí se erigía al cielo con un montón de ramas robustas, cargadas de hojas de diferentes tonalidades, una sobre otra y otras ramas y más hojas, bordando un follaje que cubría todo el perímetro del parque.

Oh Samán de mis amores, llegas y pasas y queda de ti tu sombra, la fina voz de jazmín y de seda, huella azul y ruedan en raudo grito tus hojas que son tu traje, tu tronco que es tu corazón. Queda la sensación de vuelo y viaje al límite de tu vida y finalmente el ave en huida tras la caída; temblor de ramajes, temblor en el corazón de todos los que te queremos. Te tengo en el Jardín de la Ilana, y te contemplo con mis manos mimosas como las caricias que despiertan en el cabello dorado de mi bella Chaperitos, mi nieta adorada; mi otra nieta la hermosa Carmen, que tiene la fortuna de tocar a la puerta de quien sonríe, y Esteban con su buena mozura y su carácter esplendente, radiante, crepuscular.

Por Humberto Botero

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