Sábado 19 Enero 2019

Pitágoras, genio que odiaba las habas

  • Jueves, 27 Octubre 2016 14:53

Es posible que la historia humana no haya conocido a un ser con mayores y  más aquilatadas potencias intelectuales como las que ostentó Pitágoras. Su inteligencia derribaría la infranqueable barrera de la ignorancia de su época, aun después de haber florecido las civilizaciones de los asirios y los medas y los propios egipcios. Abría el conocimiento humano hacia espacios que hoy nos estremecen. No solo porque practicó las matemáticas como ninguno otro y le dio un giro a la aritmética hacia niveles claves en la propia formación del cosmos, sino porque descubrió que todos los cuerpos vibran y la vibración, que es energía al fin y al cabo, está sometida a los números, incluso los silencios. Son sonidos que crean una sinfonía universal que encierra la armonía de los espacios y las esferas y conduce a la verdad de la formación de ese todo infinito que es el Universo. Sí, el tema es hondo.

El historiador italiano Indro Montanelli, en su libro Historia de los griegos, anota sobre este personaje: “concluyó -Pitágoras- que las notas -musicales- dependían del numero de vibraciones, lo calculó, y estableció que la música no era mas que una relación numérica de ellas, medida según los intervalos. Hasta el silencio, dijo, no es sino una música, que el oído humano no percibe solo porque es continua, es decir, no carece de intervalos.

Es la “música de las esferas”, que los planetas, como todos los demás cuerpos cuando se mueven, producen en su girar alrededor de la Tierra. pues también la Tierra es una esfera, dijo Pitágoras dos mil años antes que Copérnico y Galileo. Gira sobre sí misma de Oeste a Este y está dividida en cinco zonas: ártica, antártica, estival, invernal y ecuatorial; y, con los demás planetas, forma el cosmos....”  

Nació Pitágoras en el 580 A. de C. en la ciudad de Samos, parte de la Magna Grecia, en las orillas del Asia Menor. Recorrió mucha tierra en un afán de estudio. Estuvo en Babilonia confrontando sus avances matemáticos, y tal vez hizo otro tanto en Egipto y naturalmente en aquella Grecia, regada entre el conjunto inagotable de islas misteriosas flotando en las azules aguas de la Ninfa Io, convertida en el Mar Iónico. 

Volvió a su país Samos, en donde para entonces había un gran dictador que ostentaba el curioso nombre de Polícrates -que significa más o menos muchos gobiernos- y él, que tenía un espíritu rebelde, emigró hacia la ciudad de Crotona, una colonia griega en la parte sur, cerca del tacón de la bota italiana. Allí la Magna Grecia había fundado las florecientes ciudades de Síbaris, Crotona y Metaponto. 

Se instaló en la segunda, en donde fundó una academia, que era una especie de monasterio, con una regla de gobierno muy rígida. Pitágoras huía de la dictadura, pero portaba la propia aun más severa. Y así, la regla de gobierno de su monasterio establecía que los iniciados no podían ver al maestro antes de cumplirse cuatro años de enseñanza. Éstos tenían además que comprometerse a no beber vino ni a comer huevos; pero sobre todo era prohibido comer y hasta ver las habas, por las cuales el sabio Pitágoras cultivaba una aversión irracional, por encima de cualquier otro prejuicio.  Como el odio que algunos le tienen a los ajos. Era, ciertamente, un genio que no podía siquiera ver las habas.

Su escuela no solo comprendía todo el estudio de las ciencias, sino que a ellas iba con un criterio esotérico mezclado de religión y hasta de filosofía. Tal vez él fue el padre de la palabra filósofo, porque cuando un día le preguntaron cuál era su oficio, él contestó, teniendo en cuenta que filos es amigo y sofos es tratado, que era filósofo. El modo de vivir, incluyendo vestido y alimentación, debía ser bien simple, casi elemental, en su academia. Él, por lo demás, distraía su espíritu pensando y oyendo la música de los astros.

Sus alumnos los pitagóricos, que fueron muchos, entraron a gobernar a Crotona con el sentido dictatorial del maestro. Y he aquí que un día, cansados de la rigidez y el sacrificio, se rebelaron los crotonenses e hicieron una revolución. Llegaron de noche a la casa de gobierno y depusieron a los tiranos; y luego pasaron al monasterio en busca de Pitágoras, quien para salvar su vida, debió huir en prendas menores por las encrucijadas de la noche. La revolución lo buscaba afanosamente. Tal era su rabia. Y cuando amaneció el filósofo matemático se dio cuenta que se hallaba refugiado en un campo de habas. Su repugnancia fue tanta, que salió de allí despavorido y la turba enfurecida lo mató. 

Eso cuentan. Aunque la vida de aquel hombre que, como Sócrates nada dejó escrito, está rodeada de leyenda. Existe pues otra versión que lo pinta escapando del campo de habas y logrando huir hasta Metaponte donde se instaló y pudo haber vivido hasta los ochenta años. Sus enseñanzas se extendieron y se conocieron. Todo aunque odiaba las habas.

Cali, agosto 31 de 2016

Por Armando Barona Mesa

Inicia sesión para enviar comentarios o comenta con tu cuenta de facebook:

Próximos Eventos

No se han encontrado eventos

Revista Impresa

Ultima Edición: Revista No. 43

Abril - Junio

Ver Todas