Jueves 17 Octubre 2019

La demencia del hombre y la guerra

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Hace ya algunos años, estando en Washington, fui a conocer el museo del Aire y el Espacio al lado del aeropuerto Jhon Foster Dulles. Todo lo que vi era fabuloso. Por ejemplo, un avión trimotor de lámina corrugada muy poderoso, igual a aquel en que se mató Gardel. Ví cosas asombrosas, desde la primera tentativa de los hermanos Wright con su avioncito que solo voló doscientos metros, hasta el Concorde. Pero de pronto en mi recorrido me encontré con un gran bombardero B-29, cuyo nombre ya conocía: era el Enola Gay, nuevecito, como si hubiera salido recién de los talleres y no hubiere iniciado aun su dolorosa y estremecedora historia. Era una fortaleza del aire, imponente, de cuatro motores de hélices enormes y aun hoy asombrosa, como el símbolo del poder del hombre para transformar el mundo.

Acaban de cumplirse setenta años de haber llevado a cabo esta enorme aeronave su única misión: lanzar el 6 de agosto de 1945 sobre la ciudad de Hiroshima, Japón -previamente seleccionada con frío cálculo destructor por expertos de los Estados Unidos- la primera bomba atómica que el mundo vio, con ojos de asombro y que visualmente se extendió en una gran campaña publicitaria iniciada por el propio presidente de los Estados Unidos Harry S. Truman, “el vencedor”, en una red de noticieros que aun hoy vemos. El impacto, con su secuela de horrores, sigue gravitando sobre la mente humana.

La bomba estalló cien metros antes de tocar tierra y en un segundo conformó una gran bola de fuego apocalíptico,  que se expandió con un color rojo que se tornó negro y violáceo y llegó a ocupar diez kilómetros remontando el cielo y conformando un hongo gigantesco de terror y muerte. Abajo quedaban ciento cuarenta mil muertos de primera generación, que luego se volvieron doscientos; y diez años después todavía arrastraba a otras cincuenta mil víctimas afectadas por la radiactividad.

Los expertos, al seleccionar a Hiroshima como la primera ciudad, de varias en turno, habían anotado: “Un importante depósito de armas y un puerto de embarque en el centro de un área urbana industrial. Es un buen objetivo en el radar y tiene el tamaño suficiente para que gran parte de la ciudad pueda ser exhaustivamente dañada. Existen colinas adyacentes que muy probablemente producirán el efecto de enfocar, lo que seguramente incrementará considerablemente el daño causado por la explosión.” Y la preservaron de todo mal para que  el infernal suceso que iban a causar fuera solo resultado de la bomba, que llamaron con cierta ironía Little Boy.

Truman, que había dado la orden, según su autobiografía, pasó la víspera una noche serena y con buen sueño. Al otro día, en un discurso “memorable”, dijo: “Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado. Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento en destrucción a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. En su forma actual, estas bombas se están produciendo. Incluso están en desarrollo otras más potentes… .” Seis días después, el 12 de agosto, fue lanzada otra bomba sobre la ciudad de Nagasaki.

Nunca hubo, por supuesto, una demencia igual en el hombre en una cobertura de diez mil años. Ni volverá a haberla. Porque si bien el derecho, la justicia, la democracia y los valores fundamentales del hombre civilizado no existirían sin la protección y el poder disuasivo de las armas, y hasta la misma guerra era antes la última ratio, el llegar a los armamentos nucleares, cosa que desató la guerra fría y una cadena armamentista sin precedentes, constituye una amenaza permanente a la historia misma del hombre.

 

El filósofo y pensador español, Julián Marías, en el prólogo al libro Las Guerras de la Postguerra, (1964), después de analizar todos los aspectos de los conflictos bélicos y la insania humana inclinada hacia ella, y de saberse que había países como la URSS que tenían provisiones que podían destruir al mundo seis veces, mientras Estados Unidos llegaba solo a cinco, ancla en una afirmación sobre la imposibilidad de una nueva gran guerra, que ha resultado válida después de cincuenta años: “Son los hombres los que hacen la guerra a otros hombres, asentados unos y otros en la existencia de la humanidad y en su mutua supervivencia colectiva, es decir, en la posibilidad de que haya vencidos, quiero decir que los vencidos sigan existiendo. Pues bien, esto es lo que desaparece súbitamente desde 1945. Dada la guerra nuclear, no habría vencidos, ni probablemente vencedores, ni acaso especie humana.” Y es por eso que ninguno por atrabiliario que haya sido, se ha atrevido a desatar el apocalipsis horrendo de una Tercera Gran Guerra.

Por: Armando Barona Mesa

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