Sábado 19 Enero 2019

Cine Argentino

  • Miércoles, 30 Diciembre 2015 00:56

En el costado sur del Parque Boyacá de Tuluá estaba situada la librería de Miguel Ángel Potes, a la que yo acudía semanalmente a comprar la revista Billiken que Editorial Atlántida de Buenos Aires distribuía en todo el universo hispanoparlante.

Era una preciosa publicación dirigida por el maestro Constancio C. Vigil, autor del célebre libro “Cartas a gente menuda” que a todos los niños regalaban en los cumpleaños o en la Navidad. Billiken en sus cuarenta páginas tenía de todo: historietas famosas como Don Fulgencio y Avivato que hacían las delicias de los chicos, y también de los mayores. Cada semana publicaba el capítulo de una novela de aventuras escrita exclusivamente para la revista.

Y una sección de historia argentina que me llevó a que de cierta manera conociera mejor a los próceres australes que a los propios criollos. San Martín, Mariano Moreno, Juan Bautista Alberdi y Juan Martín de Pueyrredón eran tan familiares como Bolívar, Santander, Nariño y Girardot.

Desde luego, Billiken mostraba carátulas magníficas, muchas de las cuales mi padre hacía enmarcar, e ilustraciones de las grandes ciudades, de la Pampa, de los glaciares próximos al Polo Sur, que es como dijo el Papa Francisco, el fin del mundo. Por eso la primera vez que pisé la capital argentina no tuve la sensación de que llegaba sino la de que volvía, como le sucedió a Eduardo Caballero Calderón, el ilustre escritor colombiano, cuando cruzó la raya de Portugal en su primer viaje a España.

Desde siempre he tenido amor por Argentina y cada vez que el bolsillo lo permite me voy a gozar de ese París en español que es Buenos Aires, en donde todo me gusta: la cocina, el teatro, los parques, la gente. Y buena parte de ese afecto se debe al cine argentino que veía en las pantallas tulueñas a partir de 1945 que es el año en donde surge mi memoria cinematográfica. Pocos hoy saben que Evita Duarte, la gran líder justicialista cónyuge del dictador Juan Domingo Perón, fue actriz de cine y la vi en “La cabalgata del circo”, junto a Libertad Lamarque y Hugo del Carril. Dicen las malas lenguas que de esa cinta nació la enemistad de las dos divas, que obligó a Lamarque a trasladarse a México en donde triunfó en cine y teatro hasta su fallecimiento. Todos la recordamos con el tango “Madreselva”. Del Carril, excelso cantante de tango se consideró sucesor de Carlos Gardel – guardadas las distancias – fue actor principal de la película “La novela de un joven pobre”, que hacía llorar a los espectadores, yo incluido.

La gente de mi generación no puede olvidar a Luis Sandrini que al lado de Nini Marshall hacían las delicias del público con sus hilarantes comedias. Ni a las hermanas Mirtha y Silvia Legrand, grandes damas de la pantalla pues ambas fueron actrices de elevado coturno. Mirtha tuvo hasta hace poco un programa diario en la televisión argentina, de altísimo “rating”. Luis César Amadori dirigió en 1948 “Dios se lo pague”, con la linda Zully Moreno y el astro mexicano Arturo de Córdova.

Con el correr del tiempo el cine argentino entra en declive y a Colombia llegan muy pocas películas, hasta la década del 80 en que resurge y aparece la extraordinaria “Camila” de María Luisa Bemberg; “El exilio de Gardel” de Pino Solanas; “La historia oficial” de Luis Puenzo que ganó Oscar a mejor película extranjera en 1985 y “Tiempo de revancha” de Adolfo Aristarain.

Así, hasta llegar a “El secreto de sus ojos” de Juan José Campanella, que se hizo con el Oscar a mejor película en lengua extranjera en 2010 y a cuyo estreno asistí en mi último viaje a Buenos Aires. Actúan en ella el inmenso actor Ricardo Darín y la bella Soledad Villamil.

También aparece Guillermo Francella, este último actor principal en la aplaudida “Corazón de león”, y en el tremendo “thriller” “El clan”, que pasó recientemente en los cines de Cali.

Grande, pues, el cine argentino. Ya no está Argentina Sono Film, el sello que grababa las películas que vi en mi lejana juventud en los teatros Boyacá y Sarmiento de mi querida Tuluá. Claro que hay que tener oído fino para entender el acento gaucho, que no es fácil che, mirá vos.

Por: Jorge Restrepo Potes

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