Viernes 19 Abril 2019

Cine Mexicano

  • Lunes, 23 Noviembre 2015 02:46

 

Mis linajudos condiscípulos del Gimnasio Moderno no entendían que al negro Restrepo – así me distinguían y aún hoy mi compañero de internado Álvaro Correa Holguín me nombra cariñosamente con el color que para nada me molesta – le gustasen las películas mexicanas, más del agrado de las clases populares que de gente “bien criada”.

Pero lo cierto es que a mí me encantaban esos dramononones que llegaban a los cines bogotanos, a los que asistía regularmente los fines de semana. No propiamente los que protagonizaba Jorge Negrete – el más grande charro azteca que ha habido en la historia cinematográfica – posición que luego le disputó otro gigante, Pedro Infante, a mi juicio la versión latina de Frank Sinatra, sino aquellas cintas en blanco y negro que mostraban en la plenitud de su belleza a María Félix, cuya aparición en Doña Bárbara la catapultó a la fama pues el personaje de la novela del venezolano Rómulo Gallegos hizo que el mundo de habla hispana le endosara hasta el día de su muerte el rótulo de “La Doña”.

De verdad, es casi imposible encontrar en el cine  –Ava Gardner excluida – un rostro más perfecto que el de María de los Ángeles Félix Güereña, que de su Álamos natal llegó al Distrito Federal a emplearse como secretaria de un dentista. Ahí la encontró alguien con vínculos en los estudios y logró que la incluyeran en el reparto de El peñón de las ánimas con quien años después sería su marido, Jorge Negrete, el ídolo que se llevó la cirrosis en 1953.

Antes del surgimiento de “La Doña”, estremecía las pantallas Dolores del Río, triunfadora en su país y en Hollywood con su cara de facciones indígenas que cambiaba al ritmo de la ira o del amor, siempre interpretando a la mexicana deslumbrante en Flor silvestre, María Candelaria, La otra, Doña Perfecta, por lo general compartiendo créditos con Pedro Armendáriz, inmenso en sus roles del macho indomable pero tierno a la vez, imposible de olvidarlo en esa joya que es La perla, con María Elena Márques, o en Enamorada con María Félix.

Y va una confesión. Una tarde sabatina entré al Teatro San Jorge, del más puro Art Deco en la vieja Bogotá, a ver una película de atractivo título para un muchacho de 17 años: La estatua de carne, con Elsa Aguirre, que los entendidos la consideraban sucesora de María Félix. Salí enamorado de la actriz y con la facilidad que he tenido para la redacción – de hecho escribía para mis amigos del internado cartas de amor a sus novias de provincia,  una especie de Cyrano de Bergerac tulueño - me atreví a cursar carta a Elsa declarándole mi amor. La dirigí al azar a Estudios Churubusco en Ciudad de México, sin esperanza alguna de respuesta.

Un día llegó un sobre con estampilla de Correos de México y ahí estaba una fotografía de Elsa Aguirre, que a mí se me antojó postal celestial. No podía creerlo. Y con dedicatoria en tinta azul: “Para Jorge con todo cariño, Elsa”.

A la mañana siguiente uno de los compañeros de clase, con tiza acostada para que los caracteres fueran más gruesos, escribió en el tablero: “Al negro Restrepo le llegó foto con dedicatoria de Elsa Aguirre”. Ni diplomas, ni medallas cívicas, ni credenciales políticas, ni la Gran Cruz del Partido Liberal, han tenido para mí más valor que esa foto que conservo enmarcada en mi biblioteca, con la anuencia de mi mujer que me permite esos retozos sentimentales de los años juveniles.

Y al lado de estas estrellas del firmamento cinematográfico mexicano estaban los varones, Arturo de Córdova, el más grande y apuesto a quien las señoras adoraban. Filmó estupendas películas como El esqueleto de la señora Morales, La diosa arrodillada, Él, Mi esposa y la otra. Triunfó también en el cine argentino con Dios se lo pague.

México dio al cine otros actores de alta calidad como Ernesto Alonso y Fernando Soler, este último hermano de Domingo, Andrés y Julián, que también destacaron en el firmamento del celuloide azteca.

 

No puedo cerrar esta nota sin referirme a Mario Moreno “Cantinflas”, el máximo actor cómico del cine en español, cuyas películas no sufren el paso del tiempo porque siguen saliendo en televisión para deleite de todos sus admiradores. Tan alto llegó “Cantinflas” que en esa superproducción de Mike Todd que es La vuelta al mundo en 80 días no se dejó opacar por David Niven, uno de los sobresalientes astros del cine norteamericano. Nada mejor para la depresión que ver al genial mexicano en Ahí está el detalle, o en sus variaciones de Romeo y Julieta y Los tres mosqueteros, que habrían causado sonoras carcajadas a Shakespeare y a Dumas.

Por: Jorge Restrepo Potes

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