Sábado 19 Enero 2019

Cine en blanco y negro

  • Jueves, 15 Octubre 2015 01:55

 

Poco faltó para que yo naciera en una sala de cine, y de allí mi indeclinable afición por el Séptimo Arte, que me ha dado tanta alegría en una vida que ya va siendo larga. Y va de cuento.

Personas próximas a mi familia administraban los dos cines que había en Tuluá, los teatros Boyacá y Sarmiento. Mi madrina Gertrudis Potes el primero y mi tío Eduardo Restrepo el segundo. Para que mi madre, que dio a luz a este servidor con escasos 19 años pudiera asistir a las funciones vespertinas, instalaron en las cabinas de proyección sendas cunas en las que yo dormitaba hasta que saliera la palabra “fin”. Si el chico despertaba, los operarios buscaban a la madre que introducía el chupo y seguía viendo lo que acontecía en la pantalla.

Parece increíble, pero aún conservo en la memoria olfativa el inconfundible olor del celuloide cuando se quemaba la cinta, que obligaba la suspensión de la película mientras se pegaba. El pueblo soberano se molestaba y le entraba a patadas a los asientos de madera.

Aprendí a leer muy temprano, quizás aguijoneado por el afán de poder entender los subtítulos pues en esa época solo las películas argentinas y mexicanas venían en español. Como mi madrina Gertrudis Potes manejaba el Teatro Boyacá de don Pepe Ángel, todos los días a las 6.30 de la tarde veía con ella las películas, una diferente cada 24 horas.

Por lo general las películas eran filmadas en blanco y negro. Creo que fueron El Mago de Oz  y Blanca Nieves y los 7 enanos las primeras en color, a las que siguió la deslumbrante Lo que el viento se llevó. Pero, a mi juicio, las obras maestras de la cinematografía del Siglo XX son las filmadas en blanco y negro pues ese juego de luces y sombras transmite al espectador mayor carga de dramatismo. 

Yo no entendería a Greta Garbo en “mágico technicolor” porque su mirada líquida solamente cobra intensidad en blanco y negro, cuando sus ojos devoraban al conde Vronsky en Ana Karenina o colmando de amor a Robert Taylor en La Dama de las Camelias. Yo no entendería a Humphrey Bogart pidiéndole al pianista que interprete “As time goes by” en Casablanca para que Ingrid Bergman recordara el romance de ambos en Paris. No imagino en color a la misma sueca medio loca por la perversa conducta de Charles Boyer en La luz que agoniza. Ni se me ocurre una coloreada Katherine Hepburn subiendo al cadalso en María Estuardo. Tampoco a la otra Hepburn – Audrey – en esa joya que es Sabrina, con el inmenso Bogart y William Holden compitiendo por el amor de la hija del chofer de la familia.

No le sentarían los colores a Elizabeth Taylor y Richard Burton en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, ni a Vivien Leigh y Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, el tremendo drama de Tennessee  Williams que le valió el Oscar a la actriz británica y catapultó a la fama a Brando.

Creo tener una de las más completas cinematecas de Cali, al punto de que me tocó ordenar muebles especiales para guardar las películas. Cada uno contiene cuatrocientas y las que compro en Estados Unidos que vienen en estuches más grandes están en otro sitio de la biblioteca, y ya tengo problemas de almacenamiento pues soy incapaz de salir de ellas.

Al igual que los libros que amo, también amo las películas, y como el inolvidable Álvaro Bejarano me enseñó que para ver una buena película hay que repetir la que alguna vez nos gustó, pues le obedezco y frecuentemente regreso a los años de gloria del cine mundial.

Corto aquí esta nota pues me dispongo a ver Testigo de cargo, esa maravilla con Marlene Dietrich y Tyrone Power, dirigida por el maestro austriaco Billy Wilder. Obvio, en blanco y negro.

Por: Jorge Restrepo Potes

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